
Este mes casi no cociné.
No calenté aceite en la sartén. No puse ninguna carne para sellar sus costados, ni la aparté en un plato enlozado para que siga soltando jugos después de dorarse. Tampoco eché un vasito de vino -o un sobrante de champan- en la sartén, para levantar los sabores. Ni raspé con la cuchara de madera chatita, la que me quedó cuando desarmé la cocina de mi vieja.
No acerqué la nariz a la sartén y, por lo tanto, no disfruté el aroma del alcohol cuando termina de evaporarse y se mezcla con el fondo, formando esa salsita suave, apenas untuosa.
Tampoco elegí entre romero y estragón para el fondo del mortero, ni me tentó abrir el frasco de páprika que me trajo Emma de Dinamarca. No agregué abundante pimienta negra a la molienda ni reservé granos apenas golpeados para acariciar la carne después de salarla.
No sentí en todo el mes el ruido que hace la cebolla en pluma cuando toca aquel fondo aceitoso y caliente, ni el olor que da cuando se va poniendo traslúcida.
No prendí el horno porque no hacía falta calentarlo. No controlé la sal ni la pimienta porque nada lo requería. No busqué una asadera ni puse en ella lo de la sartén, a modo de colchón, ni acomodé la carne encima: no hubo carne.
Mi casa no se llenó de olores vivos, porque durante el último febrero nadie vino a cenar los jueves. Ni tampoco los viernes. Los sábados la gente sale con su pareja a ver a los artistas, ya se sabe.
Tengo que abrir el frasco de páprika danesa: para tomar el perfume y conocerla.
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