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jueves, 8 de noviembre de 2007

VASALLOS DE TU MIEL




El colegio inglés, cuyos claustros compartíamos, estaba dentro de uno de los barrios privados más caros del conurbano. Mi formación en una universidad europea había pesado para que fuera seleccionado entre muchos postulantes a la titularidad de la cátedra de Filosofía.

A veces sentía que estaba en ese lugar como un sirviente, como aquellas institutrices provenientes de familias inglesas pobres, que venían para sacar de la rusticidad a los hijos de los criollos. Otras veces me sentía un elegido: entonces pensaba que mi origen humilde no me había impedido formarme sólidamente, ni emigrar para completar mis estudios. Sin ellos, mis pies nunca hubieran hollado el recoleto bosque de coníferas que formaba parte del gran parque por el que transité muchos lunes, martes y jueves, durante aquel primer ciclo.

Me gustaba pasear por los jardines. Los jueves, en especial, tenía dos cursos separados entre sí por una hora. Saludaba brevemente a mis colegas, solicitaba un libro en la biblioteca y me escapaba a ese reducto donde las especies habían sido distribuídas en círculo. Podía sentarme en medio de ellas -ocupando un asiento redondo, de madera pulida- y sentirme contenido. En la ensoñación que me provocaba leer versos allí, llegué a pensar que los árboles eran hermanos mayores, fijados al rostro de la Tierra desde antes de mi nacimiento... Me permitía fantasear que, como yo, contaban los días para encontrarnos y así cada jueves me recibían, como harían con otras personas en otros momentos de la semana. Me entregaba a la idea de que eran ellos los que me habían convocado y les adjudicaba un rol activo en el placer que experimentaba.

La conocí por casualidad, una de aquellas tardes de jueves en el bosque. Nunca la había visto. Era una muchachita de quince, a lo sumo dieciseis años. Alumna del tercer ciclo, probablemente. Se acercó corriendo en dirección a donde yo estaba, seguida por un compañero. Torcieron el rumbo, sin verme. Al llegar a la zona de las thujas áureas, ocultos tras las copas doradas y lejos de las miradas de quienes podrían censurarlos, comenzaron a besarse apasionadamente.

Desde donde estaba veía perfectamente la escena. Ellos, en cambio, no podían verme. El primer impulso fue abandonar el lugar pero, si me ponía de pie y caminaba en cualquier dirección, inevitablemente haría ruido y descubrirían mi presencia. No sabía qué hacer. No deseaba molestar. Permanecí quieto e intenté concentrarme en la lectura del libro que había llevado. Era difícil. Los jóvenes daban rienda suelta a su mutua atracción: se abrazaban, se besaban y mordían sus labios con énfasis. Hasta podía ver el movimiento de sus lenguas, prepotentes, negándose a esperar turno para invadir la otra boca.

El deseo, esa sensación poderosa, me iba ganando... Una suerte de excitación agradable me transía. Poco después, las caricias rodaban sobre los uniformes: él manipulaba torpemente los pechos y ella le frotaba el sexo con la palma de su mano abierta. Estaba conmovido, acalorado e imaginaba mi cara enrojecida.

Sonó el timbre eléctrico que marcaba el inicio del recreo. Recién entonces comprendí que era parte de mi obligación denunciar el furtivo encuentro en horas de clase. No lo haría. “Me sentiría el más vulgar de los vigilantes”, pensé. Pero... ¿y si alguien nos había visto a los tres? Qué sería de mis anhelos de progreso? de mi carrera apenas comenzada?

Ellos regresaron corriendo y se mezclaron entre las decenas de jóvenes que acababan de ganar los patios y los pasillos. Los perdí de vista mientras caminaba hacia la biblioteca. Ya en la Sala de Profesores, entré al baño. En minutos comenzaría mi clase. Revisé el aliño de mi ropa: abroché el botón superior de la camisa y ajusté la corbata. Corregí mi peinado y me lavé las manos. Estaba listo. Me aprestaba a salir cuando entró el Profesor de Física. Saludó y yo también. Me alegró encontrarlo: era uno de los pocos que me trataba como a un par. Había muchas mujeres entre los docentes. La mayoría eran mayores, varias inglesas y casi todas feas.

La escena del bosque no me abandonó en toda la tarde. Había preparado especialmente la clase y eso contribuyó a que la dictara sin dificultad. Mientras viajaba de regreso a casa recordé varias veces lo que había visto. La idea de la extrema juventud de los dos me duró poco. No era importante. Volví a considerar mi responsabilidad ante las autoridades del colegio: tampoco me detuve en eso. Me precipité, en cambio, en una vorágine de poderosas sensaciones físicas que me agradaba reeditar y que nada tenían que ver con lo formal.

Ni el lunes ni el martes siguientes caminé por el pequeño bosque. No podía explicar por qué, si bien reconocía una expectativa asociada al jueves. Pero el encuentro de los jóvenes podría haber sido excepcional. No los había visto antes y quizá nunca se repitiera. A mis cavilaciones sucedían la ansiedad, el calor, la excitación... Volver a verlos en el arrebato del deseo se convirtió en una obsesión, acompañada del miedo a que las autoridades descubrieran mi presencia y, sobre todo, mi silencio cómplice. Sin proponérmelo, de repente me sentía dentro de aquella pareja, gozando con ellos de la clandestinidad y el dionisíaco arrobamiento.

Llegó el jueves. Finalizó mi primera clase y, más rápido que nunca, enfilé hacia el bosque de coníferas y me senté en el banco circular, en la misma posición de la semana anterior. Había llevado un libro de versos de mi propia biblioteca, lo abrí al azar y leí:

“Haz, amor,

que la lámpara duerma

pues en nosotros

el día ya despierta”

Los versos del maestro árabe me ayudaban a construir la espera. Preanunciaban lo que creía que iba a ocurrir. Pero la sorpresa golpeó de nuevo cuando, casi sobre el final de la hora intermedia, llegó ella sola. Se dirigió a las thujas y, en un momento, como si cambiara súbitamente de idea, enderezó hacia el banco circular. Me vió. Comencé a transpirar. Perdí mi mirada en el libro. Nervioso, rápido, leí:

“Vasallos de tu miel,

todos los colmenares te celebran”.

No mostró incomodidad por ser vista allí, en ese horario. Se sentó del otro lado del banco, dándome la espalda. Dos o tres minutos después, la escuché sollozar. Creía saber a qué se debían sus lágrimas, y sentí un fuerte impulso de acercarme, pero no estaba habilitado. Yo era un profesor de la casa que leía en el parque, esperando para entrar a dar clase y ella... ella era una niña. Una alumna a la que ni siquiera conocía. Pero la escena del jueves anterior, y lo que con el muchacho me había hecho sentir, pudieron más. Giré la cabeza, evitando levantarme.

-Puedo ayudarla? - pregunté.

-Salí de la clase porque no me sentía bien, -se justificó - estoy un poco mareada.

Mentía. Aún así, quería seguir hablándole y no sabía cómo. Me puse de pie y caminé dos pasos hacia ella.

-Soy el profesor Véliz -dije y extendí la mano. Tan formal, que representé hasta el último minuto de mis cuarenta y un años. La verdad es que aquella circunspección ocultaba extraños sentimientos.

-Cuál es su nombre? - agregué.

Ni yo entendía por qué la trataba de usted. Por qué quería dar a la conversación ese encuadre pesado. Si la hubiera encontrado en un boliche o en la calle, me hubiera conducido de manera natural. A qué temía?

Ella, secando sus lágrimas, respondió:

-Me llamo Zaida. Pero mis amigos me dicen Zai. Si querés, llamame Zai.

En ese momento recordé:

“Vasallos de tu miel,

todos los colmenares te celebran”.

-Zai..., -dije, sin darme cuenta.

Sonrió. Me miró a los ojos por primera vez y cuando dijo...:

-Repetí...

-Zai..., -obedecí. Y aún, probé: -...Zaida.


Estaba loco. Los ojos negros, la mirada lejana. No sé... Yo la había visto apretar con el compañero y, sin embargo, me la imaginaba inocente y eso me atraía al punto de hacerme olvidar quién era, qué hacía... Pero no podía permanecer ahí mirando embobado a una alumna, mientras a mi alrededor todo amenazaba resquebrajarse, incluída mi carrera. Intenté encuadrar, más rudamente:

-Por qué está aquí a esta hora? No es hora de clase para usted?

-Es una historia muy larga... y triste, además. ¿No me habías tuteado?

Sonó el timbre y se levantó para irse. Siempre aterrado de que alguien nos hubiera visto juntos, regresé a mi asiento. Se alejó unos pasos, retrocedió luego y en voz baja, ordenó:

- Repetime tu nombre.

-Me llamo Santiago -balbuceé.

Otro jueves trastornado. Mi segunda clase fue muy mala. Creo que muy pocos lo notaron, pero estaba perdido, me equivoqué dos veces en la presentación del tema y llamé de nuevo a exponer al mismo alumno que había evaluado la semana anterior. Al regresar, conduje muy lento hasta la salida, mirando a todos lados, como si en cualquier esquina pudiera aparecer la chica. Miraba las casas que están sobre la avenida de acceso, pretendiendo adivinar en cuál viviría.

A trescientos metros de allí, detuve el auto en la puerta del café “Otoño”. Necesitaba ordenarme.

No había nadie. Me senté en una mesa junto a la ventana. Saqué un cuaderno y anoté: “Vasallos de tus mieles, todos los colmenares te celebran”. Cuánto hacía que no memorizaba un poema, ni siquiera breve? Qué me estaba pasando? Me estaba enamorando de una chica de dieciseis, alumna del colegio donde trabajaba? Estaba caliente porque la había visto con el chico y eso me confundía? Empezaba a envejecer y apuntaba para “viejo verde”?

Desde donde estaba, podía ver la calle. Pedí un café con leche para darme tiempo. ¿Quería permanecer en la geografía de mi aventura...? ¿Cuál aventura, que no sea imaginar que una chica, ligera como las adolescentes de hoy, podría tener algo que ver conmigo que, visto desde ella, era un viejo? ¿La deseaba porque me calentó verla con otro, como a la heroína de una película porno...? ¿Quería competir con el flaquito que la tenía...? Todo mal... Todo muy mal.

Lo que pasó después me provocó un shock del que todavía no me he repuesto. En medio de mis cavilaciones, la ví por la ventana del bar. Avanzaba en bicicleta. Sólo nos separaban unos pocos metros, vidrio mediante. Por supuesto que me vio... Llegué a pensar que alguien me había seguido y le había dicho donde encontrarme. O que ella misma había esperado que yo saliera, oculta cerca de la casilla de seguridad.

Zai celebró nuestro segundo encuentro del día con su mejor sonrisa y unos tres minutos después estaba sentada a mi mesa.

-No traje plata -dijo - me invitás un café?

-Mozo! –fue mi respuesta.

No me animé a decirle “sí”, ni “por supuesto”, ni “no”, ni “no sé”... No me animé a nada porque estaba, y aún ahora lo estoy, alterado. Pensaba que era muy osada, pero no podía desconocer lo que me pasaba a mí, que no era menos atrevido. En cuanto a riesgos, mi adultez debió haberme llevado a actuar de otra manera y, sin embargo... En lugar de levantarme e irme, en lugar de salir corriendo para poner un límite claro entre ella y yo, cuando vino el café se me ocurrió tomar el sobre de azúcar, romperlo y echárselo en la taza.

Me miró sorprendida. Por un instante temí ser juzgado por viejo, como una momia. No fue así. Como respuesta, Zai puso su mano sobre la mía antes de que pudiera soltar el sobrecito vacío.

-Sos un amor... -dijo.

Sentí que me encendía por dentro.

Me pareció que el mozo algo advirtió. Mientras acomodaba una mesa comentó:

-Cómo está tu papá, Zaida?

Me pregunté si habría sido él quien le avisó de mis pasos. La mayoría de los alumnos tenía teléfono celular...

-Todo bien -respondió lacónica.

Tuvimos un intercambio de miradas y me pareció que la posibilidad de tomar un café con el profesor de sus compañeras mayores y, por qué no, de iniciar una aventura con él, le resultaba fascinante. Y quizá algo más que una aventura... Conocía varios casos de parejas de edades disímiles... Mientras el mayor fuera el hombre... pensé.

Divagué de este modo, mientras gozaba de su mirada profunda, cuando del interior de un auto - recién estacionado en la puerta - bajó un hombre elegantemente vestido, con aspecto deportivo. Tendría unos treinta y cinco, treinta y ocho años, era alto y bien parecido. Entró decidido al “Otoño” y se dirigió a nuestra mesa. Besó a mi acompañante en la mejilla y me miró, con una pregunta en el rostro. Ella dijo:

-Ted, él es el profe de Filosofía de Betsy... El doctor... Perdón, cuál es tu apellido? Vértiz, no?

-Véliz... Me llamo Santiago Véliz.

-Ted es mi padre. Nos encontramos los jueves aquí. Tengo cinco hermanos, yo soy la mayor, sabés... Me cuesta charlar a solas con él en casa.

El papá de Zaida se sentó en una mesa cerca del mostrador y desde allí conversó, en inglés, con el propietario del boliche. Ella se despidió:

-Te dejo... Seguro nos veremos. Gracias por el café.

-A vos por acompañarme- balbuceé.

-Y por el azúcar también... –agregó, seductora. Ah! Y también por lo del bosque... Cuántas cosas tengo que agradecerte...!

En segundos junté mis papeles, bebí un último sorbo de mi café con leche -frío, completamente frío- y salí.

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