El colegio inglés, cuyos claustros compartíamos, estaba dentro de uno de los barrios privados más caros del conurbano. Mi formación en una universidad europea había pesado para que fuera seleccionado entre muchos postulantes a la titularidad de la cátedra de Filosofía.
A veces sentía que estaba en ese lugar como un sirviente, como aquellas institutrices provenientes de familias inglesas pobres, que venían para sacar de la rusticidad a los hijos de los criollos. Otras veces me sentía un elegido: entonces pensaba que mi origen humilde no me había impedido formarme sólidamente, ni emigrar para completar mis estudios. Sin ellos, mis pies nunca hubieran hollado el recoleto bosque de coníferas que formaba parte del gran parque por el que transité muchos lunes, martes y jueves, durante aquel primer ciclo.
La conocí por casualidad, una de aquellas tardes de jueves en el bosque. Nunca la había visto. Era una muchachita de quince, a lo sumo dieciseis años. Alumna del tercer ciclo, probablemente. Se acercó corriendo en dirección a donde yo estaba, seguida por un compañero. Torcieron el rumbo, sin verme. Al llegar a la zona de las thujas áureas, ocultos tras las copas doradas y lejos de las miradas de quienes podrían censurarlos, comenzaron a besarse apasionadamente.
Desde donde estaba veía perfectamente la escena. Ellos, en cambio, no podían verme. El primer impulso fue abandonar el lugar pero, si me ponía de pie y caminaba en cualquier dirección, inevitablemente haría ruido y descubrirían mi presencia. No sabía qué hacer. No deseaba molestar. Permanecí quieto e intenté concentrarme en la lectura del libro que había llevado. Era difícil. Los jóvenes daban rienda suelta a su mutua atracción: se abrazaban, se besaban y mordían sus labios con énfasis. Hasta podía ver el movimiento de sus lenguas, prepotentes, negándose a esperar turno para invadir la otra boca.
El deseo, esa sensación poderosa, me iba ganando... Una suerte de excitación agradable me transía. Poco después, las caricias rodaban sobre los uniformes: él manipulaba torpemente los pechos y ella le frotaba el sexo con la palma de su mano abierta. Estaba conmovido, acalorado e imaginaba mi cara enrojecida.
Ni el lunes ni el martes siguientes caminé por el pequeño bosque. No podía explicar por qué, si bien reconocía una expectativa asociada al jueves. Pero el encuentro de los jóvenes podría haber sido excepcional. No los había visto antes y quizá nunca se repitiera. A mis cavilaciones sucedían la ansiedad, el calor, la excitación... Volver a verlos en el arrebato del deseo se convirtió en una obsesión, acompañada del miedo a que las autoridades descubrieran mi presencia y, sobre todo, mi silencio cómplice. Sin proponérmelo, de repente me sentía dentro de aquella pareja, gozando con ellos de la clandestinidad y el dionisíaco arrobamiento.
“Haz, amor,
que la lámpara duerma
pues en nosotros
el día ya despierta”
“Vasallos de tu miel,
todos los colmenares te celebran”.
No mostró incomodidad por ser vista allí, en ese horario. Se sentó del otro lado del banco, dándome la espalda. Dos o tres minutos después, la escuché sollozar. Creía saber a qué se debían sus lágrimas, y sentí un fuerte impulso de acercarme, pero no estaba habilitado. Yo era un profesor de la casa que leía en el parque, esperando para entrar a dar clase y ella... ella era una niña. Una alumna a la que ni siquiera conocía. Pero la escena del jueves anterior, y lo que con el muchacho me había hecho sentir, pudieron más. Giré la cabeza, evitando levantarme.
-Puedo ayudarla? - pregunté.
-Salí de la clase porque no me sentía bien, -se justificó - estoy un poco mareada.
Mentía. Aún así, quería seguir hablándole y no sabía cómo. Me puse de pie y caminé dos pasos hacia ella.
-Soy el profesor Véliz -dije y extendí la mano. Tan formal, que representé hasta el último minuto de mis cuarenta y un años. La verdad es que aquella circunspección ocultaba extraños sentimientos.
-Cuál es su nombre? - agregué.
Ella, secando sus lágrimas, respondió:
-Me llamo Zaida. Pero mis amigos me dicen Zai. Si querés, llamame Zai.
En ese momento recordé:
todos los colmenares te celebran”.
Sonrió. Me miró a los ojos por primera vez y cuando dijo...:
-Repetí...
-Zai..., -obedecí. Y aún, probé: -...Zaida.
Estaba loco. Los ojos negros, la mirada lejana. No sé... Yo la había visto apretar con el compañero y, sin embargo, me la imaginaba inocente y eso me atraía al punto de hacerme olvidar quién era, qué hacía... Pero no podía permanecer ahí mirando embobado a una alumna, mientras a mi alrededor todo amenazaba resquebrajarse, incluída mi carrera. Intenté encuadrar, más rudamente:
-Por qué está aquí a esta hora? No es hora de clase para usted?
-Es una historia muy larga... y triste, además. ¿No me habías tuteado?
- Repetime tu nombre.
-Me llamo Santiago -balbuceé.
A trescientos metros de allí, detuve el auto en la puerta del café “Otoño”. Necesitaba ordenarme.
Zai celebró nuestro segundo encuentro del día con su mejor sonrisa y unos tres minutos después estaba sentada a mi mesa.
-Mozo! –fue mi respuesta.
No me animé a decirle “sí”, ni “por supuesto”, ni “no”, ni “no sé”... No me animé a nada porque estaba, y aún ahora lo estoy, alterado. Pensaba que era muy osada, pero no podía desconocer lo que me pasaba a mí, que no era menos atrevido. En cuanto a riesgos, mi adultez debió haberme llevado a actuar de otra manera y, sin embargo... En lugar de levantarme e irme, en lugar de salir corriendo para poner un límite claro entre ella y yo, cuando vino el café se me ocurrió tomar el sobre de azúcar, romperlo y echárselo en la taza.
Me miró sorprendida. Por un instante temí ser juzgado por viejo, como una momia. No fue así. Como respuesta, Zai puso su mano sobre la mía antes de que pudiera soltar el sobrecito vacío.
-Sos un amor... -dijo.
Sentí que me encendía por dentro.
Me pareció que el mozo algo advirtió. Mientras acomodaba una mesa comentó:
-Cómo está tu papá, Zaida?
Me pregunté si habría sido él quien le avisó de mis pasos. La mayoría de los alumnos tenía teléfono celular...
-Todo bien -respondió lacónica.
-Ted, él es el profe de Filosofía de Betsy... El doctor... Perdón, cuál es tu apellido? Vértiz, no?
-Véliz... Me llamo Santiago Véliz.
-Ted es mi padre. Nos encontramos los jueves aquí. Tengo cinco hermanos, yo soy la mayor, sabés... Me cuesta charlar a solas con él en casa.
-Te dejo... Seguro nos veremos. Gracias por el café.
-A vos por acompañarme- balbuceé.
-Y por el azúcar también... –agregó, seductora. Ah! Y también por lo del bosque... Cuántas cosas tengo que agradecerte...!
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