-Sadima Muebles”, decía la chica antes de las noticias... “Usted camina y camina y al final, compra en Sadima.
Doña Cata agregaba: “Rivadavia esquina Catamarca”. Y la chica: “la esquina de la economía”.
-“El palacio de la papa frita”, se escuchaba. Y la vieja replicaba: “donde siempre son las doce para comer”.
Repetía cada slogan contenta de recordarlo... Se ilusionaba con la idea de conocer esos lugares, aunque en cierto modo ya los conocía.
-Lo dijo la radio, -aseguraba cuando quería agregar énfasis a una afirmación.
Era como si las voces sin rostro que escuchaba pertenecieran a parientes o amigos que la acompañaban y le decían lo que era bueno y conveniente. La entretenían con novelas, le informaban si pasaba algo extraordinario, la hacían reír. Ponían la música que le gustaba. Le recomendaban qué comprar y ella sentía cierta pesadumbre por no poder hacer caso a todas las sugerencias: estaba lejos de la Capital y el dinero escaseaba.
En las habitaciones de adelante tenía sus oficinas un escribano de prestigio dudoso, al que sin embargo Doña Catalina respetaba mucho. Lo veía todos los días y se sentía bien conversando con él, aunque fuera de parada. En sus diálogos coincidían en criticar a dos o tres vecinos de la cuadra, a quienes odiaban. La chica del kiosco, por ejemplo. Cada uno tenía sus argumentos en contra de ella. El escribano le faltó el respeto un día que vino a hacerle una consulta, y la muchacha se lo contó a todo el barrio:
-Pelado asqueroso, -decía. –Viejo verde...
Doña Cata hablaba mal de ella ante quien quisiera escucharla:
-Flor de tilinga, siempre rodeada de machos en esa cueva donde trabaja, -solía decir.
Si contaba con audiencia favorable, se animaba:
-Seguro que lo interpretó mal al escribano, que es tan amable. No tienen vergüenza, día y noche con el culo apretado y después ¿qué quieren?
También odiaban al farmacéutico y a la mujer, porque eran judíos. Para el hombre, el origen era suficiente condición. La vieja agregaba que una noche -en vida de Gipietro- le había negado un remedio porque no contaban con el dinero para pagarlo.
-Cuántas veces le entregué ropa al fiado a la rusa de mierda!, -se lamentaba.
Lo que los había enemistado no era eso en realidad, sino un extraño y nunca bien contado evento, protagonizado por el Pocho -nieto de Doña Cata- que trabajó un tiempo de cadete en la farmacia. Se decía que la mujer de Soibelman se vio obligada a sacarlo de los fondillos por una macana que se mandó el muchacho -que ya en ese entonces la iba de pesado- con una cliente. La abuela hizo causa común y aumentó la hostilidad hacia “los rusos”, como los llamaba.
El escribano y la vieja eran aliados e incapaces de una deslealtad en estos temas. No es que no tuvieran diferencias. A veces el perro de Doña Cata no llegaba a la calle y orinaba en el hall de entrada, que era la sala de espera de la escribanía. Entonces él se ponía furioso. Amenazaba con darle al perro una patada letal y le gritaba a la vieja porque no lo controlaba. Hay que contar con que no tenía secretaria y -a puro rezongo- pagaba media mucama. Una vez a la semana, los lunes, la vieja hacía venir a la novia del nieto, para que limpiara adelante y, por el tema del perro, pagaban a medias. Para el viernes todo estaba otra vez sucio y olía a cigarro mezclado con pis. A veces Doña Cata pasaba un trapo, pero nunca había sido muy afecta a la limpieza y lo hacía mal.
Quizá fue para lograr el aseo de toda la casa -y no pagarlo-, o por la fantasía de hacerse unos pesos que la vieja aceptó traer al nieto y la novia a vivir en una piecita que le quedaba libre.
El Pocho era un tiro al aire. Culpa del padre -hijo mayor de Doña Cata- que lo único que le había enseñado era ir por los peringundines haciéndose el músico. Tocaba el piano en los boliches hasta cualquier hora de la noche. Pocas veces le pagaban, casi siempre venía borracho y con las huellas de alguna trompeadura. En una de esas había conocido a Margarita -“la Márgara”, le llamaba él-, que era flaquita, y tenía el pelo mal teñido. Al tiempo de vivir en lo de Catalina donde comía casi todos los días, engordó un poco y se la veía mejor. Doña Catalina la criticaba, con quien la quisiera oir:
-No le alcanza con esas tetas saltonas que tiene. También tiene que llevar la pollera corta y apretada. ¡Mi Dios!
Una madrugada de febrero, en pleno carnaval, el Pocho volvió del baile y la puerta sin llave le permitió entrar a pesar de su estado. Al pasar por el hall le pareció oir música y voces. O risas... Encaró por el pasillo en dirección al fondo y volvió a escuchar. Primero una voz finita, como un gemido. Después otra voz. Le llamó la atención pero nada más, apenas podía caminar agarrándose de las paredes. En el primer patio se apoyó en una columna, y más adelante en otra. Para continuar tuvo que soltarse. Pisó la rejilla, que estaba medio rota, se enganchó y trastabilló. Algo parecido a un salto en el aire lo proyectó contra la puerta del primer cuarto, donde dormía la abuela. Doña Catalina se despertó pero no quiso hacérselo notar. Si su nieto la descubría iba a querer conversar y no la largaba más. Se aguantó callada a ver si el borrachín conseguía llegar a destino.
El golpe contra la puerta pareció dar nuevos aires al Pocho que, lejos de continuar el viaje en dirección al fondo donde estaba su cuarto, encaró como de regreso. Se lo vio volver por el patio, con el rumbo perdido, a riesgo de romperse la crisma. Por la orientación de sus pasos se podía pensar que buscaba acercarse al lugar donde había oído las voces. Pasó la primera columna sin novedad, pero el choque con la segunda lo tiró al piso y producto del golpe -o a lo mejor del susto- vomitó. Fue a parar bastante cerca del límite entre el hall y el patio. Quedó en posición de gateo, con expresión de asco en el rostro y babeando vómito. Ciertos sonidos estertóreos salieron de su boca, acompañando escupidas y toses... Ahogos y nuevas escupidas.
En medio de ese concierto repugnante, se escuchó el chirriar de la puerta de la oficina de adelante, que dejó ver la silueta sorprendente del escribano, en calzoncillos. Tosió también, y se pasó la mano por la cabeza como queriendo ordenar las dos calles de su peinado, a los lados de la pelada. Había bebido mucho. Eructó. Miró al Pocho en cuatro patas como sin verlo, miró para adentro de la oficina y pareció ligar dos ideas. Se apresuró a cerrar la puerta. Pero el otro borracho, que captó la intención de ocultarse del escribano, gateó a gran velocidad y abrió la puerta de un cabezazo. La misma fuerza que lo había llevado hasta allí, lo asistió para que pudiera ponerse de pie, apoyándose con dificultad en el marco. La figura de la Márgara desnuda arriba del escritorio lo impactó, aún en su delirio. Abrió la boca casi cuadrada y lanzó un grito que parecía venir de la tierra, al tiempo que se acercaba al escribano sin darle tiempo a moverse. El rodillazo abajo lo había aprendido de la policía. Lo mató.
La muchacha aprovechó el instante del ataque para huir. No alcanzó a manotear nada. Salió a la calle desnuda como estaba. A los gritos, loca de miedo, corrió hacia la esquina. Alcanzó a ver la bola verde encendida en la puerta de la farmacia y tocó un timbre largo como la desesperación. El viejo nochero de los turnos la vio por la mirilla y no la quería dejar entrar pero Soibelman que acababa de llegar le ordenó al viejo que abriera la puerta. Fue adentro, buscó una manta, se la dio y ella descompuesta, desgreñada, temblando de desgracia, se tapó un poco. La hicieron sentar, le preguntaron qué le había pasado y le dieron un té. No hablaba.
-Se sabe de donde viene..., -murmuró el viejo nochero justificando su actitud, contraria a la de su patrón.
Doña Cata había jugado al solitario hasta las dos y media. Después se durmió hasta el primer golpe del Pocho. Le llamó la atención que no entrara y serían como las cinco ya cuando, curiosa, optó por levantarse. Estaba clareando pero las paredes altas conservaban la penumbra en el patio.
El ruido de los gargajos y las arcadas la llevó hasta el lugar donde el crimen se abrió paso, cortando la madrugada. Vio el cuerpo del escribano tirado de costado, todavía doblado por la cintura, mostrando la boca torcida de dolor y los ojos para afuera. La aterrorizó. Salió y el Pocho detrás de ella.
-Llamá a la Policía, abuela, -dijo. –Me cargué a este hijo de puta, viejo de mierda. ¿Qué voy a hacer ahora?
-Esperá... Esperá. Lavate las manos y la cara y vení a la pieza de la abuela. Ahora llamamos. Después llamamos. Esperá. Componete un poco. Mirá lo que parecés...
En la pieza de Catalina se escuchaba la radio que había encendido al abrir los ojos. Faltaban dos minutos para las siete y estaba la chica de las propagandas:
-El palacio de la papa frita, -dijo. –Donde siempre son las doce para comer.
-Rivadavia esquina Catamarca, -se adelantó mecánicamente la vieja.
-La esquina de la economía, -se oyó a la locutora que, en vez de continuar con “Usted camina y camina y al final compra en Sadima”, dijo “¿Siempre otra mina es “la mina”? ¿y al final? ¿y Catalina?”
O algo así.
Puso la pava. El Pocho apareció en el dintel de la puerta con las manos y la cara lavadas. Preguntó:
-¿Llamaste?
-Ya voy a llamar. Estoy pensando. Necesito un mate... ¿Vos no?
-¿Qué estás pensando, abuela? ¿Qué tenés que pensar? Llamá a la Policía, te digo. ¡Cómo me vine a desgraciar con esta guacha y este viejo... y la puta madre que los parió! ¿Será posible...?
Doña Catalina Gipietro parecía calmada. A medida que pasaban los minutos empezó a sonreír, hasta que rió por primera vez con un sonido todavía bajo. En cuanto el agua amenazó con hervir, puso un chorrito en el mate, chupó, escupió en la pileta y largó una carcajada del diablo. Y otra en seguida, más larga que la primera. Después empezó a hablar como explicando lo que había pasado a alguien que sólo ella veía.
El Pocho se asustó porque creyó que le estaba viniendo un ataque cerebral. Medio ahogada con la risa loca, haciendo gestos de acomodar su pelambre con una mano y con la otra apoyada en la cintura, dijo:
-¿Cómo en tantos años no me dí cuenta de lo que quería este viejo asqueroso? Al final tenía razón la chica del kiosco. Si no llega mi nieto en ese momento... no sé... Me mata. Ya lo tenía encima. Yo nunca le dí confianza... pero él, ¡quién sabe qué se pensaba...! Me la tendría jurada. Vaya a saber...Yo no sé qué me quería hacer, si me quería violar o qué. La gente está loca... ¡Tengo sesenta y cinco años!! Por favor!! O a lo mejor me quería robar… Qué se yo! Menos mal que el Pocho defendió a la abuela. Menos mal... ¡Menos mal! Si viene media hora después, no sé... Me salvó la vida mi Pocho. Más que la vida me salvó mi Pochito...
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