Sonó el teléfono y Alicia se dirigió al cuarto para atender.
-Hola. Ah, Rogelio… ¿Cómo estás amor? Esperaba tu llamado. ¿A qué hora pasás? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Tu primo? ¿Qué primo? Ah, sí… Pero… ¿hoy tiene que ser? Yo ya me estaba arreglando para salir, Rogel… ¿Y si vamos con él a la fiesta? ¿Por qué no va a querer? Para nada… ¿Qué va a decir mi tía? Nada. ¿Qué va a decir? Yo le explico que un primo tuyo llegó hoy a Buenos Aires y no lo querés dejar en banda y le pregunto si lo podemos llevar a la fiesta… Mi tía no va a tener problemas, Rogel… ¿Qué? Pero, ¿por qué decís “no”? Bueno, bueno, en todo caso vos hoy estabas comprometido conmigo… Es una fiesta de mi familia, te iban a conocer… es muy importante para mí. ¿Cómo “qué pasa”? Yo te voy a decir lo que pasa, Rogel… Vos te asustaste a último momento. Y claro que me río… ¡Sos cagón, eh…! Dale, dale, pasá a buscarme a las once y media y listo. Vas a ver que la vas a pasar re-bien. Al rato de estar ni te vas a acordar de tu primo. ¿Cómo que no podés? A mí ya me está pareciendo que no querés… y que lo de tu primo es un cuento chino. ¿O es que no querés conocer a mi familia? ¿Qué te pasa Rogelio? ¿Qué te pasa, boludo? No, vos no me podés decir eso ahora. ¡Te vas a la mierda!
Alicia corta la comunicación y se sienta en el borde de la cama. Tiene la cara roja. Se toca con el envés de los dedos y mira la mano: hay gotas de transpiración mezcladas con gratitud de la base de maquillaje. Hace el amague de caminar hacia la puerta y el teléfono vuelve a sonar. Deja pasar tres timbrazos y luego se acerca y toma el auricular. Con la mano izquierda se saca la vincha de un tirón y su cabello cae en desorden sobre la cara.
-Hola –dice airada-. ¿Qué querés? No, no entiendo… Porque no quiero entender, por eso no entiendo. Vos hoy tenías que ir conmigo a la fiesta de mis tíos y toda mi familia sabe que íbamos a ir juntos. Después de tres años de salir, el señor se iba a dignar a presentarse. Y ahora resulta que no puede porque le llegaron parientes de España. Pero ¡qué pedazo de mierda! (Alicia grita) ¿Y cómo querés que me ponga? Mirá, vos venís conmigo a la fiesta o no me ves más. ¿Por qué va a ser? Porque no te quiero ver más… No. No quiero. No estoy loca. Vos sos el loco… y un loco bastante hijo de puta sos. ¿Cómo me llamás a esta hora con este verso? Mirá Rogelio: pensá qué querés hacer y llamame en cinco minutos. Yo estoy casi lista, aunque ya me amargaste la noche. Pensá y llamame.
Esta vez, después de colgar el tubo, Alicia se larga a llorar sentada en la cama. Con las manos se cubre el rostro y de repente se mira las palmas manchadas de pancake. Se levanta y sale para el baño. Se lava lentamente las manos y la cara. Vuelve al cuarto. Camina. Suena el teléfono.
-Sí, Rogelio, ¿qué decís?. No, no va a haber otra fiesta, ridículo… Me decís cualquiera. Porque no. ¿Eso pensaste? Estamos peor que antes. Esto sí que no me lo esperaba. Sos un turro. Porque sí, porque sos un turro. Me estuviste verseando tres años. No, no se trata de eso… Bueno, ¡basta! ¿Vas a venir a buscarme o no? Bueno, ¡reventá! Chau…
Alicia se levanta y va hasta el baño otra vez. Vuelve al cuarto, busca, toma la vincha de arriba de la cama y se la coloca mientras marcha a maquillarse. Cuando termina se mira al espejo buscando aprobación. Sonríe y afloran lágrimas a sus ojos. Las seca con cuidado y va al dormitorio. Busca los zapatos en el placard y se los pone. Eleva su estatura varios centímetros. Alisa la falda del vestido con las manos y abre otro sector del placard. Mete el brazo completo en el estante y de atrás de todo saca un sobre pequeño, de cuero marrón. Lo palpa, lo sopesa y lo mete en un compartimento solapado en la cartera. Por último, saca un abrigo de piel y se lo pone. Se mira al espejo por última vez, apaga la luz del cuarto y se dirige a la salida. Al pasar por la cocina toma un manojo de llaves del último cajón bajo la mesada. Lo guarda en el bolsillo del abrigo y sale.
Sube al auto. Toma la avenida que lleva al lugar de la fiesta. Enciende la radio. Hay música. De repente se interrumpe y aparece un flash de noticias. La voz del locutor dice: “En el barrio de Belgrano, en circunstancias no establecidas, una mujer baleó a un hombre. La policía evalúa el móvil pasional.”
Alicia sufre un sobresalto, su respiración se altera. Suspira fuerte. Tose. Teclea el receptor para cambiar de emisora. Vuelve la música. El semáforo rojo la obliga a detenerse. Cuando aparece el verde acerca el auto al cordón de la vereda y apaga el motor. Se pasa la mano por la frente y la retira húmeda. Busca un pañuelito de papel en la guantera. Respira hondo. Vuelve a encender el motor, arranca y cuando llega a la esquina –desconociendo toda norma- dobla en U. Acelera. Quince minutos después se encuentra a metros de la puerta del edificio donde vive Rogelio. Cabildo, entre Juramento y Mendoza.
Con el motor detenido y las luces apagadas, Alicia espera. La zona está muy iluminada: ella puede ver el movimiento de afuera y los vidrios oscuros la protegen de la mirada de los transeúntes. Una señora sale del edificio. Minutos después una pareja entra. Alicia reconoce al encargado, a metros de la puerta, conversando con su colega de la casa de al lado. Mete la mano en el bolsillo y toca las llaves. Saca el llavero. Lo mira: una plaquita metálica dice “Rogelio” en letras doradas. Lo vuelve a guardar. En seguida toma su cartera y saca el sobre de cuero marrón. Lo abre: adentro hay un revólver. Lo empuña y revisa el tambor: está cargado. El movimiento de sus manos deja ver destreza en el manejo del arma. Lo guarda sin la funda de cuero. Toma la cartera y baja.
Camina resuelta hacia la entrada y la traspone. Toma el ascensor y baja en el quinto piso. Se acerca al departamento D, saca la llave y la pone en la cerradura. Pone la oreja al lado de la puerta, no escucha ningún ruido. Hace girar la llave dos veces y abre.
La luz del living está apagada. La enciende y escucha movimientos en la habitación. Va directamente allí. En la cama está Rogelio y un muchacho muy delgado con el pelo largo tomado con una colita. Ambos están desnudos. Está encendida la TV. Hay un partido de football.
-Alicia, ¡¿qué carajo hacés acá?! –grita Rogelio levantándose de un salto-.
Sin pronunciar palabra, con el fondo del relator de football, Alicia le dispara dos veces, la primera al abdomen, la segunda a una pierna. El muchacho grita de dolor, cae de rodillas al piso y la mitad superior de su cuerpo queda sobre la cama boca abajo. Se toma la panza con ambas manos y Alicia ve como se le van llenando de sangre.
-Noo!! –grita el compañero de Rogelio-. ¿qué hiciste, loca de mierda?
Alicia le apunta con el arma y le pregunta:
-¿Vos sos el primo? –.
Rogelio se queja de dolor, mira su herida y se desmaya. Su cuerpo va cayendo al lado de la cama. La voz del relator dice “¡penal…! ¡penal para Banfield!” El compañero de Rogelio hace ademán de tirarse sobre Alicia y ella dispara nuevamente pero yerra y la bala se incrusta en la pared. El joven se acerca, intenta manotearle el revólver sin éxito. La toma de los brazos, la zamarrea y le pega una cachetada. Alicia trastabilla y cae al piso pero conserva el arma en la mano.
-No tengas miedo, mi amor… -dice el flaco agachándose al lado de Rogelio, que no lo escucha porque está desmayado-. Va a estar todo bien.
-¿Mi amor? –grita Alicia desde el piso-. ¿Qué amor? ¿Quién es tu amor, pedazo de mierda…? ¿qué amor? ¿Qué pasa acá?
-Mirá lo que hiciste, loca… Vas a ir presa. ¿A vos qué te importa qué amor? ¡andate de acá!
Alicia lo mira con odio y le apunta con el revólver a la cabeza:
-¡El que se va sos vos! Te vas ya. ¡Andate porque a vos te mato! –le grita-.
El flaco se mira: está desnudo. Camina dos pasos, manotea la colcha de la cama, se envuelve y sale.
Cuando Alicia se queda sola con Rogelio, que está inconciente, se acerca, se agacha y lo mira.
-Mentiroso hijo de puta –le dice-. Ojalá te mueras.
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