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jueves, 23 de septiembre de 2010

Un día de agosto...


Un día de agosto, frío y lluvioso, descubrí que el ciprés calvo tenía las ramas cubiertas de yemas. Por el tamaño supuse que las habría comenzado a gestar breve tiempo después de que el viento otoñal soplara sus hojas. Se estaba alistando para una primavera inexorable.

Hace muchos años me dí cuenta de que cada mañana al despertar hago un check up de mi cuerpo y percibo mínimos deterioros. Pérdidas que se han ido añadiendo unas a otras, con el paso del tiempo, en forma subrepticia, sin que haya podido notarlas precisamente en el momento en que se produjeron.

He aprendido a convivir con estas sensaciones negativas pero no en el sentido de compartir armoniosamente la vida sino más bien en el de sostener una contienda incesante, donde salgo perdidosa. Tanto si me muestro preocupada como si hago de cuenta que no me importa, sé que voy perdiendo, que algo cuyo nombre es impreciso -la vida, el tiempo, la edad- me va ganando.

Me he preguntado muchas veces si los demás advierten esos cambios, si son notables desde afuera o si solo se revelan a la capacidad de percibirme a mí misma. No tengo respuesta pero cuando me encuentro con alguien conocido después de mucho tiempo de no verlo, siempre me parece que ha envejecido bastante.

Cuando me miro al espejo con detenimiento ya ni recuerdo cómo era mi rostro joven. Cuando lo veo en fotos, me duele haberlo perdido.

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