Pescar
Alicia Landaburu
Mientras espero en el pasillo a que me lo traigan, pito y trago hondo el humo de un inusual cigarrillo matinal. El sol saca bruma del pasto helado. Tiemblo. Hace frío. Aparece, allá, al final del pasillo, con una carpeta negra en la mano. Tiro el pucho y lo apago ni bien lo veo acercarse. El penitenciario que lo acompaña me mira:
-¿Quiere que me quede, doctora?
Levanto la mano:
-Todo bien, andá.
Tiré el pucho y lo apagué ni bien lo ví acercarse por el pasillo.
-Cómo te va, soy Alicia de la defensoría- le estiro la mano.
Se limpia en el pantalón, me da la suya y me aprieta. También aprieto. No te tengo miedo. Nos miramos fijo. En la sala de entrevistas no hay nadie. En un costado hay una mesa y un par de sillas.
-Traéte aquella silla- le digo y me adelanto para agarrar la que queda más cerca de la salida.
-Doctora, pensé que ya no venía, traje cosas para mostrarle –dice.
Le miro las manos, el pelo largo y enrulado, mojado y tirante, disciplinado en una cola de caballo.
-Primero, quiero que anote el número de mi mamá –dice.
Me dicta, anoto.
-Ah, y otra cosa, doctora.
-Pará, primero escucháme vos a mí.
-La escucho.
-Ya hay fecha.
-¿Anotó bien?
-Si me dictaste bien, sí. Nos notificaron antes de ayer, en un mes es el juicio.
-¿A usted le molestaría llamarla? No me queda crédito en la tarjeta de teléfono.
Baja la mirada, se entrelaza los dedos de las manos y espera. Meto la mano en el bolsillo de la mochila y revuelvo. Saco una tarjeta envuelta en celofán.
-No me meto en cuestiones familiares. Llamála vos.
Apoyo la tarjeta sobre la mesa y la deslizo hacia él, pero no me mira. ----¿Alejandro?
Sin contestarme, abre la carpeta y busca entre papeles que despiden olor a cigarrillo mezclado con algo que no distingo. Saca uno amarillo, doblado muchas veces. Me lo extiende.
-Si no le molesta, me gustaría que la llamara usted.
-Pero qué le voy a decir.
-Léale eso, de mi parte. Dígale que lo escribí especialmente para ella.
-¿No te parece mejor leérselo vos?
-Ayer me dieron la nota de lengua. Aprobé.
Lo miro en silencio. Guardo el papel amarillo en una solapa de mi carpeta. Saco su legajo.
-¿Y el resto?
-El resto no importa.
-¿No?
-No. El resto es para los que van a salir, tener trabajo, hijos.
-¿Y lengua?
-Lengua es para escribir.
-Arremangáte, y sacá las otras materias también. A los jueces les va a causar buena impresión.
-Yo sería escritor. Me sentaría en un bar, pediría un café con leche, y me la pasaría escribiendo. Y mirando por la ventana, tranquilo.
-Che, tenemos un montón de cosas que definir ¿No te interesa el juicio?
Destapo la birome y saco unas hojas en blanco.
-¿Y qué pasa si no llego? –dice.
-¿Cómo si no llego?
Abro el legajo, apuro las hojas hasta un informe de la división Asistencia Social. Tres intentos. 1998, 2004 y 2008. Sin querer, arqueo las cejas.
-No podés no llegar, Alejandro –digo.
Lo miro a los ojos. Un instante después baja la mirada. Da igual si lo reto, o si intento preparar su declaración. Da igual si permanezco indiferente mientras completo la ficha que luego va a chequear mi jefa.
Cierro el legajo, tapo la birome y aparto las hojas en blanco. Le pregunto cómo es su mamá.
-Es bajita, tiene el pelo enrulado igual que yo, hace tortas. Yo hacía carteles sobre recortes de chapa. ”Tortas de 15, de bautismo y de casamiento. Encargos a Cristina”. Los pintaba con un pincelito, copiando las palabras de un papel que me había escrito la vecina. Ni yo ni mi mamá sabíamos leer. Ahora yo sé. Salía a atarlos con unos alambritos por los postes del barrio, en Resistencia, donde vive mi mamá.
Me cuenta también que le gusta el río, que cuando era chico pescaba lindo. Que eso es lo que más extraña de Resistencia.
Conversamos un largo rato hasta que el penitenciario se asoma con cara de preocupación. Le hago una seña de que ya estoy por terminar. Junto mis cosas. Él, las suyas.
-Quiero que se la lleve, quiero que la tenga –me dice alcanzándome la carpeta.
La agarro, y le estiro la otra mano mientras asiento en silencio. Nos despedimos y nos vamos en sentidos distintos del mismo pasillo. No sé si se da vuelta. Yo no lo hago y sigo caminando. Está nublado. La camioneta que me trajo me está esperando. Me subo. Arrancamos.
Abro la carpeta negra, y ojeo. Hay cartas a su mamá. Y hay un diario escrito en hojas sueltas. La presión de la birome al escribir marcó las hojas. Quedaron rugosas, ajadas. Algunas palabras están repasadas, y sobre su trazo hay surcos imperceptibles a la vista que, sin embargo, atraviesan el papel.
Sobre el parabrisas caen gotas de lluvia. Chocan y se deslizan, apuradas por el viento. El camino es de tierra, la camioneta acelera hasta subir a la ruta.
Sentí varias veces las ganas de preguntarle a Alejandro si no le gustaría volver a Resistencia, enseñarle a leer a su vieja, volver a pescar. Pero está bien así. Imagino las manos de Cristina, tal vez arrugadas, tal vez grandes y con olor a esencia de vainilla, que un día cuando Alejandro ya no esté, pasarán sobre estos papeles sintiendo bajo sus yemas el misterio de la rotunda manifestación de la existencia de su hijo.
Cierro la carpeta, y apoyo la cabeza contra la ventanilla. Miro los lotes sembrados y los animales. Es probable que cuando lleguemos a Buenos Aires me haya quedado dormida.
***
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