UN VIEJO ESTÁ SOLO Y ESPERA
Graciela Berchesi
Don Martín ronda los setenta años. Tiene el pelo cano y la expresión triste. Está sentado en una mitad del viejo banco de quebracho, debajo de la estructura de hierro del que fuera el farol principal de la estación. De a ratos se levanta y mira hacia un lado y hacia otro, como si esperara ver pasar el tren. Vuelve a su asiento. Se pasa la mano por la cara, apoya la cabeza sobre la palma y el codo en el muslo. Viste un pantalón de trabajo, color gris oscuro, una camisa celeste con el cuello gastado y lleva un chaleco de lana muy usado, tejido a mano, color marrón. Zapatos baratos abotinados con cordones, combinan cuerina y paño de un antiguo azul. A pocos metros, sobre el andén, hay un cartel típico, armado sobre dos soportes de cemento pintados a la cal. El fondo es negro y las letras blancas. Dice “La Oriental”. Don Martín se acerca al cartel y se respalda en uno de los soportes. Se arrima luego al borde del andén y vuelve a mirar hacia ambos lados. Los pastos altos no dejan ver gran cosa. Su gesto es ahora de bronca.
Desde la ventana del boliche, dos puebleros lo están mirando.
-¿Viene todos los días Don Martín? –le pregunta el más joven al mozo cuando se acerca-.
-No –responde el mozo-. Pero no baja de dos o tres días a la semana.
-¿Cuánto tiempo habrá estado Martín de Jefe de Estación acá? –preguntó el que parecía mayor-.
-Unos cuantos años –dijo el mozo-. Cuando lo nombraron tendría cerca de 40 y estuvo hasta que se jubiló, cuando cerró el taller y todo eso. ¿Qué les traigo?
-Traete dos ginebras, como siempre. –dijo el más joven-. ¿Estuvo hasta el final?
-Sí, eso sí. Como nosotros –afirmó el mayor-. Yo también estuve hasta el final. Tu viejo no porque bueno, pobre… Mirá: Don Martín debe haber visto parar al último tren que cargó agua en “La Oriental”.
-Mi viejo se murió a tiempo me parece.
-Pobre Lauro. El fue mi foguista mucho tiempo. Yo era maquinista. Me bajaba, desenroscaba la manguera y la enchufaba a la locomotora. Después abría la canilla grande y durante media hora, ponele cuarenta minutos, la máquina cargaba agua.
-¿Y ese rato pasaban con él? –preguntó el joven-.
-Y sí. Bajábamos con el foguista, a veces era tu viejo, a veces el pelado Gómez, y mientras se hacía la carga íbamos al baño, todo eso, y después ya nos íbamos para la oficina del Jefe.
-¿Y qué hacían? –pregunta el joven-.
-Él era muy amigo con nosotros. Amigo del trabajo, porque él no era de acá, él era de Junín. Cuando íbamos ya tenía la pava puesta en el calentador, el mate preparado, en el invierno una ginebra sabía tener también. Una caña… En fin… Se armaba la ronda y contábamos cosas de los pueblos, cosas que uno veía por ahí… tanto andar…
-¡¿Quién iba a decir?! ¿no? –pensó en voz alta el muchacho.
-Menos que nadie Martín –agregó el otro-. El quería al ferrocarril como a su casa, como a su familia.
Enfrente, en la estación, don Martín abrochaba los botones de su saco de lana. Se preparaba para irse. Tomaba la bicicleta y la hacía rodar a su lado hacia la salida. Al pasar frente a la puerta principal, palpaba la llave grande en el bolsillo derecho de su pantalón. Dejaba la mano quieta allí por un momento mientras el rostro volvía a entristecerse. Miraba el hueco, las hojas de la puerta habían sido arrancadas. Las bisagras estaban rotas y herrumbradas. El acceso a su oficina, también sin puerta, dejaba ver una de las viejas paredes blancas, en la que él podía identificar la mancha marrón oscura que había dejado el uso del calentador.
Cruzó la tranquerita. En el alambre estaba florecida la campanilla. Se detuvo y miró hacia la calle. Desde la vereda de enfrente le hacían señas de atrás de la vidriera del boliche. Cruzó. Lo invitaron a entrar. Aceptó. No tenía apuro. Sólo tenía que esperar y en cualquier lugar era lo mismo.
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