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miércoles, 28 de julio de 2010

Ausencias




A la hora de la siesta, en lugar de recostarse un rato como acostumbraba, María salió para el Banco. Iba enojada porque otra vez la falta de memoria le había impedido completar un trámite desde la computadora. No tomaba nota de las claves y cuando tenía que escribirlas o cambiarlas, se repetía el inconveniente.

La simple demanda de la máquina la remitía a un lugar de su mente que parecía vacío. La frase la clave anotada es inválida parecía extender la idea de invalidez a alguna zona de ella misma que estaba desierta de nombres propios, carente de apellidos famosos, vacía de números conocidos, fáciles, repetidos por mucho tiempo en forma refleja y ahora renuentes al forzoso ejercicio de la recordación.

Ella sabía que horas después, mientras acomodara una ropa o lavara un platito, el dato aparecería de repente: alegre, extemporáneo, inútil. Como en un aquí no ha pasado nada o un nada se pierde, todo se demora.
Cuando apareciera, no correría a anotarlo. No quería prevenir. Porque eso implicaría aceptar que los datos tienen el poder de fugarse a través de una pinchadura, y lo hacen. Sería como reconocer que algo propio, íntimo, manifiesta desgaste, deterioro, vetustez: que es capaz de salirse temporalmente de control y en cualquier momento volver.

Ayer mismo lo había padecido conversando con una compañera del taller de cine nacional:

-¿Quién dirigió “La patota”?
-El marido de Mirtha Legrand.
-Ah, sí.¿Cómo era el nombre de él? Esperá. Qué película tan dramática, ella era la protagonista.
-¿Quién?
-Mirta Legrand. Ella fue la protagonista de “La patota”.
-Pero el marido, digo… ¿cómo se llamaba? No hace tanto que murió… te acordás que ella salió llorando en la tele cuando volvió a empezar. Dijo lo que dicen todos… “A él le hubiera gustado que siguiera”, o “qué mejor homenaje para un hombre como Fulano…” Qué hipócritas que son, les importa un carajo todo.
-¿Cómo se llamaba?
-¿Hizo “La casa del angel” también?
-Nooo! “La casa del angel” es de Torre Nilson, nena…
-Bueno, che… ¡qué entendida que sos!
-Que no me acuerde un nombre no quiere decir que me haya vuelto idiota. Yo sé de cine argentino, lo que pasa es que se me hacen estas lagunas que me mataría. Capaz que a las tres de la mañana me despierto con el nombre del tipo en la punta de la lengua… No sé para qué.
-Yo me acuerdo que trabajaba Walter Vidarte. ¿Te acordás de Walter Vidarte? ¡Qué actor! ¿Te acordás de “El Dependiente” de Favio? Walter Vidarte no trascendió como se merecía.
-Es cierto, pero… ¿cómo se llamaba el marido de Mirtha…? ¿será posible?

Ninguna de las dos recordó y la charla continuó, prescindiendo del dato fantasma. María sintió, una vez más, la sensación de encontrarse en un paisaje lunar, en ausencia completa de señales reconocibles.

Vino la noche y durmió, con las interrupciones de costumbre, propias del insomnio que la acompañaba desde hacía años. Soñó con árabes. A la madrugada intentó registrar partes del sueño en la libreta de la mesa de luz. Cuando despertó esta mañana la abrió, para repasar lo que llevaría a terapia. En un rinconcito de la hoja, al lado del garabato del ánfora que llevaba el árabe del sueño, en letras arrebatadas se leía “Daniel Tinayre”.

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